Eco IV: La bruja del pantano


Los mosquitos revoloteaban alrededor de los asqueados soltados que, por más que intentasen espantarlas, volvían una y otra vez. Los soldados estaban desanimados, llevaban muchos meses aislados en aquellas tierras indígenas y la promesa de retorno a su tierra natal cada vez parecía más lejana. Por ello el capitán Bravo de Castilla no dudó en escribir una impetuosa carta al arzobispo del imperio con la vaga esperanza de que este pudiera interceder por ellos ante la corona.

El requerimiento del arzobispo fue simple: terminar con aquella alma impía que amenazaba con acabar la buena obra de los misioneros en tierras paganas. Para el capitán no era más que un sinsentido, la mayoría de los indígenas habían sido obligados a abrazar la fe cristiana y en cuanto a los esclavos… bueno, se les había enseñado a callar en post de la salvación eterna. No obstante, algo perturbaba al capitán, ¿por qué tanto interés en aquella mujer?

«La bruja del pantano», como se la conocía entre los castellanos, había sido una antigua esclava africana que, por medio de técnicas que desconocían, había conseguido su libertad mucho antes de que el capitán y sus hombres cruzaran el océano. La bruja vivía al margen de todos ellos, en una cabaña en las profundidades de la selva a la que solo se aventuraban algunos desquiciados buscando remedios para enfermedades incurables.

Bravos de Castilla, preocupado por la salud de sus hombres y, por qué no reconocerlo, la suya, accedió al cometido del arzobispo y emprendió aquella misma mañana la misión de capturarla. Aquesta empresa no resultó tarea fácil, varios de sus soldados cayeron bajo fuertes fiebres que acabaron con sus vidas y uno de ellos sufrió el ataque de una gran serpiente sin que sus compañeros pudieran hacer nada. De los diez hombres con los que había partido, solo quedaban tres sin contar al capitán, el miedo era palpable en los tres supervivientes y Bravos de Castilla comenzaba a pensar que la selva estaba protegiendo a aquella mujer.

Al fin, llegaron a la cabaña, era pequeña y mohosa, era sorprendente que su estructura se mantuviera entre los árboles. Los soldados salieron de las aguas y el capitán llamó a la puerta varias veces, ante la ausencia de respuesta, les indicó a sus hombres que se preparasen y entró en la cabaña.

Su interior era incluso más perturbador que el exterior, la cabaña era lúgubre y solo había una vela que mal iluminaba la instancia. Se observaban varios tarros con contenidos en su interior que el capitán prefería desconocer su procedencia, así como multitud de papeles desperdigados por todas partes, incluso el suelo.

Conforme más penetraba en la cabaña, el desorden y la oscuridad era mayor, comenzando a escuchar un leve susurro, parecido al revolotear de una mosca, proveniente de unos labios humanos. Bravos de Castilla colocó su mano temblorosa sobre su espada y la desenvainó, acogiéndose a todo lo sagrado que conocía, se acercó a la figura que se encontraba compungida en el suelo.

El capitán saltó sobre sus talones cuando la figura de la bruja giró de forma brusca para encararlo, sobrecogiendo el corazón del militar. Aquella mujer, quién no tendría que tener más de cincuenta años tenía un aspecto demacrado, el pelo blanco lo llevaba recogido en un moño sucio y enredado, la piel estaba hundida sobre su cráneo dando la imagen de una calavera viviente, sus labios se hundían hacia dentro por la ausencia de dientes y la visión grotesca quedaba resaltada por unos grandes ojos negros de sapo que clavados en los ojos del capitán le hicieron sentir como si estuviera travesando su alma con cuchillas ardientes.

—Vengo en nombre del arzobispo de Castilla —consiguió decir después de tener que aclarar su voz—. Queda arrestada en nombre del Emperador de Castilla.

La anciana no respondió, se limitó a girarse de nuevo y continuar con aquella tarea que la tenía tan embelesada. El capitán no pudo sino sentirse ofendido, ninguna mujer le había dado la espalda de aquella forma nunca y menos aún una esclava.

Bravos de Castilla agarró el escuchimizado hombro de la bruja y la obligó a levantarse. Sin embargo, la maldición o improperio que el capitán esperaba, nunca llegó, en su lugar, la bruja comenzó a caminar delante de él, murmurando unas palabras en una lengua pagana que desconocía.

Y sin más, la bruja fue entregada a los representantes de la iglesia. La prometida retirada que el capitán esperaba no llegó y por más emisivas que enviaba al arzobispado, ninguna respuesta regresaba, pero eso ya no le importaba al capitán.

Conforme pasaban los meses, Bravos de Castilla comenzó a volverse una persona más huraña, se pasaba las horas encerrado en su casa sin recibir visitas, había despedido al servicio y apenas se acordaba de comer. Al principio sus hombres y camaradas intentaban persuadirlo de que saliera, pero después de tantas negativas desistieron en tal acción.

Por su parte, la ciudad cada vez se alejaba más de la hacienda del capitán y, cuando a Castilla ya no llegaron, un nuevo capitán fue enviado en busca de respuestas. Cuando el capitán de la Cruz llegó al nuevo mundo y comenzó a preguntar, de todos obtuvo la misma respuesta «el capitán está loco y no quiere ver a nadie», «está enfermo, se contagió de la enfermedad del pantano» y el que más intrigó al nuevo capitán «está maldito, la bruja le condenó».

Cuando el capitán de la Cruz acudió a casa del perdido militar, un olor pútrido y rancio le golpeó contra la cara, volviéndose más intenso a medida que penetraba en la casa. Todas las ventanas estaban cerradas y las alimañas vagaban por doquier.

El capitán, atemorizado, desenvainó su espada y con candil en mano, descendió hasta el sótano, donde la grotesca visión lo marcó para siempre. El olor provenía de varios cuerpos en descomposición, mutilados y profanados a manos de Bravos de Castilla.

—Pero ¡qué ha hecho! —inquirió el capitán de la Cruz— ¡como ha podido hacer tamaña herejía! —Bravos de Castilla no contestó, se limitó a seguir esbozando trazos en el suelo— ¡Respóndame!

El capitán agarró con fuerza el hombro del lunático y, al volverlo, si el capitán hubiera estado hacía unos meses atrás, hubiera descubierto que Bravos de Castilla tenía el mismo aspecto demacrado que la bruja que habían capturado. Cuando sus ojos se cruzaron, las lágrimas brotaron sin parar y un susurro salió de su boca.

—He visto a través de los ojos de Šamaš… lo he visto.

El capitán de la Cruz, aterrorizado por aquellas palabras, observó los dibujos en el suelo. Líneas sin sentido y símbolos incomprensibles, era consciente que, si la iglesia descubría aquello, acabarían con todos los habitantes de la ciudad. Así que, el capitán hizo lo que pensó que debía hacer, con un movimiento rápido de su brazo, seccionó la garganta de Bravos de Castilla para luego, prenderle fuego a su casa y jurar a todos que no hablarían de lo ocurrido.

El capitán de la Cruz volvió a las llanuras toledanas, pero hasta el día de su muerte, las imágenes de aquel sótano se repetían sin cesar en sus sueños. Y el día que sus ojos se cerraron, las comprendió.

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