Eco IX: Buenos anfitriones
Pablo
llegó a Slieve Bloom a las nueve de la mañana, todavía tenía que frotarse las
manos a través de los guantes por el frío, solía estar acostumbrado a esas
temperaturas ya que en Avilés el clima era bastante similar, sin embargo, en
aquel bosque irlandés predominaba una neblina que humedecía mucho más el
ambiente. Pese al frío que se le calaba en los huesos, Pablo no perdió el entusiasmo
en recorrer ese mágico lugar.
Al
contrario que el resto de sus compañeros de promoción, quienes prefirieron superar la
resaca de la noche anterior en el hotel, Pablo cogió el primer transporte que
pudo para comenzar el sendero con cámara en mano y mochila a la espalda.
Slieve
Bloom era conocido por ser un bosque encantado, en más de un sentido, no solo
por su vegetación que llamaba la atención a un recién graduado en biología como
él, sino por la cantidad de leyendas fantásticas que se escondían en su
interior. Lo había estado comentando la noche anterior con algunos asistentes del pub
en el que habían pasado la noche, en especial con una chica irlandesa que, casualmente,
había estado viviendo la mayor parte de su vida en Madrid antes de mudarse a
Dublín para estudiar la carrera, fue ella quién le contó las leyendas pese a la
cara poco agradable del chico sentado a su lado, probablemente su novio. Y era
una pena, al menos para Pablo, ya que la chica no solo había sido agradable y
encantadora con él, sino que además era guapísima con unos grandes ojos claros;
«algunos tienen mucha suerte» pensó al tiempo que avanzaba en su paseo.
El paraje era espectacular, parecía que, como
las leyendas que le había contado aquella chica la noche anterior, aparecería
algún hada de debajo de un árbol o un duende de un puente. Pablo seguía
adentrándose en aquel lugar de ensueño, disfrutando de cada imagen y
fotografiando cada rincón, no era de extrañar que a media mañana, Pablo todavía
no hubiese llegado a la mitad del recorrido, así que después de ojear el mapa
de nuevo, decidió parar a comer en las ruinas del monasterio. Desde aquella
altura, las vistas eran fantástica y no era capaz de entender como sus compañeros
no lo habían acompañado al viaje.
El
joven estaba tan absorto en las vistas que había perdido la noción del tiempo y,
para cuando se dio cuenta, ya se había adentrado en la tarde. Pablo recogió
todas las cosas apresuradamente y comenzó el descenso, se planteó deshacer el
camino, pero consideró que eso sería algo horrible, así que decidió continuar. Sin embargo, algo extraño comenzó a ocurrir, el chico empezó a
sentirse desorientado, aun viendo el camino y las señales, tenía la sensación
de que estaba vagando por mitad de la nada. A más que caminaba, más cansado se
encontraba y las lagunas mentales aumentaban en número.
Pablo
se apoyó contra un árbol mientras tomaba aire, la cabeza le estaba dando vueltas
y no se encontraba bien, lo cual se hizo evidente cuando vio unas luces azules
atravesando el camino, no eran parte de una señalización, sino que
parecían una especie de llamas flotantes en mitad de la nada. La reacción
normal hubiera sido llamar a emergencias para que lo recogieran, no obstante y
de alguna manera que el chico no comprendía, su cuerpo empezó a moverse de
forma inconsciente, siguiendo aquellas luces que, con una musicalidad alegre,
le conducían hacia el interior del bosque. Su instinto no paraba de gritarle
que debía detenerse, pero no era capaz de enviar la orden a su cuerpo, estaba
tan absorto en aquellas llamas azules que el peligro parecía secundario.
—¿No
está un poco lejos del camino?
Una
voz estridente le sacó de su trance, cuando miró alrededor no encontró ninguna
fuente a la que pudiera pertenecer aquella voz, ¿lo habría soñado?
—Aquí
abajo, amigo —Pablo miró al suelo y encontró a un hombre bajito, pelirrojo y
con grandes patillas, llevaba un mondadientes en la boca y la ropa parecía algo
desgastada, como si llevara años perdidos en mitas del bosque— ¿qué pasa con
esa cara?
Pablo
estaba desconcertado, las luces habían desaparecido y en su lugar estaba aquel
hombrecito que lo miraba con gesto preocupado, quizás pensando que tuviera
algún tipo de lesión grave.
—Nada
es solo que… creo que me he perdido —sentenció Pablo encogiéndose de hombros.
Aquel
hombre arrugó la nariz y miró en la dirección que había estado andando Pablo
cuando seguía las luces, tenía el gesto ensombrecido y tras mantenerse varios minutos
en silencio, volvió a mirar al joven.
—Eso
es algo evidente —suspiró— oye, se ha hecho tarde y no creo que encuentres
autobuses que te lleven de vuelta a la ciudad. ¿Qué te parece si pasas la noche
en nuestra casa? No es por fardar, pero mi mujer hace un estofado que quita las
penas.
Pablo
arrugó la nariz, no le hacía ninguna gracia quedarse en la casa de una persona
que acababa de conocer, sobre todo en esas circunstancias que parecían sacadas de
una película de terror. Por desgracia no tenía mejores opciones y debía
reconocer que aquel hombre parecía bastante agradable.
Pablo lo siguió en una dirección diferente a la que había estado andando,
no recordaba esa parte del camino, pero parecía bastante despejado para
encontrarse en mitad de aquel bosque. Anduvieron durante veinte minutos hasta
que llegaron a una pequeña casita, de un aspecto adorable con una encantadora
chimenea de la cual salía humo. Llegaron a la puerta y aquel hombre invitó al
chico a entrar en la pequeña casa, con un aspecto entrañable y decoración
escueta. Las paredes estaban pintadas en blanco contrastando con el suelo de
madera oscura, el espacio estaba muy bien aprovechado.
—Guenael
ya era hora de que llegases, ¿se puede saber qué era lo que estabas haciendo fuera?
De
la cocina salió una mujer de unos sesenta y largo años, con el pelo canoso y
recogido en un moño alto, vestía colores pastel bajo un delantal blanco con
volantes rosa palo, cuando aquella entrañable mujer vio al joven, miró a su
marido con gesto de desaprobación al tiempo que colocaba las manos en forma de
jarra.
—No
me mires así, Gwénaëlle. No podía dejarlo fuera con los fuegos.
Aunque
el joven no entendía a qué se refería con eso, su esposa parecía comprender el
significado de esas palabras. Su actitud de desaprobación cambió de forma
drástica y animo a los dos a que pasasen a la cocina.
Para
sorpresa de Pablo, lo que parecía el comienzo de una situación incómoda resultó
siendo una velada agradable, aquella pareja de ancianos eran realmente encantadores
y no solo se aseguraron de que el joven hubiera cenado bien, sino que le dejaron
dormir en la habitación de uno de sus hijos que, según comentaba la pareja, estaba
haciendo el servicio militar y no iba mucho a visitarlos.
—Es
un buen chico —comentaba su madre—, pero el pobre tiene demasiado trabajo, es
el encargado de un departamento entero ¿sabes? Con lo joven que es y tiene tanto
estrés encima y si al menos tuviera a alguien en quién apoyarse…
—¡Gwénaëlle!
—replicó su esposo—. No creo que este chico esté interesado en saber la vida de
nuestro hijo, además te recuerdo que si que hay alguien que lo apoya.
La
mujer arrugó la nariz y el ceño de nuevo, guardándose lo que parecían unos
comentarios no muy agradables hacia su nuera. Una vez hubo terminado la cena, la
pareja acompañó a Pablo a la habitación y, tras despedirse de ellos, se acostó
en la cama. Lo que en condiciones normales hubiera sido una noche larga porque
nadie en su sano juicio se quedaría dormido allí, resultó pasar en un abrir y
cerrar de ojos. Debía estar muy cansado para haber caído rendido de aquella
forma.
Al
igual que la noche anterior, el desayuno fue muy ameno, el matrimonio seguía hablando
de su familia, pero esta vez hablaban de sus otros hijos, evitando mencionar al
militar por lo que Pablo supondría que sería consecuencia de una conversación
que habría tenido el matrimonio antes de dormir. Terminado de desayunar y tras
despedirse y agradecerles a la pareja varias veces su hospitalidad, Pablo salió
de aquella casita.
Cosas
curiosas ocurren en Slieve Bloom; caminos desconocidos, luces extrañas y casas
que desaparecen, nuestro joven senderista no había dado ni dos pasos cuando
decidió girarse para volver a despedirse de los ancianos con la sorpresa de
que, en aquel paraje, ya no había ninguna casa, solo un claro y las marcas de
una construcción siglos desaparecida. Pablo no se lo pensó dos veces; activó
el localizador del móvil y, por medio del GPS, buscó el camino más corto para
llegar al exterior del bosque. Cuando apareció de nuevo en el hotel, sus
compañeros le preguntaron preocupados qué le había pasado y dónde había estado toda la noche, el joven no dio grandes respuestas, solo dijo que se había quedado
en un pueblo a medio camino, no se atrevía de contar lo que había pasado ya que,
a fin de cuentas, ¿quién se creería la historia de los leprechaun?
Comentarios
Publicar un comentario