Eco XI: El lucero de Aibhill
Inmóvil,
escondida entre los matorrales y aguantando su respiración en un leve suspiro, Sherlee
esperaba a que su presa se acercase lo suficiente como para poder alcanzarlo
con una de sus flechas. El invierno estaba siendo duro, lo que provocaba que la
comida escaseara y que algunos cazadores, como ella, tuvieran que adentrarse
aún más en aquel bosque para encontrar alimento.
Tal
era la desesperación de ver a su familia sufrir por la falta de algo que llevarse
a la boca, que no hizo dudar a la joven en penetrar en aquel terreno denso y de
árboles frondosos pese a la época del año en la que se encontraban. Algunos la
consideraban una insensata, incluso entre los que habían decidido sobrepasar las
lindes del bosque, nadie se atrevía a atravesar los límites del pantano, ¿la
consecuencia? Muchas teorías circulaban alrededor de aquel bosque, pero todas
ellas coincidían en que era un sitio encantado donde si no tenías cuidado,
podías ser víctima de algún maleficio o encantamiento.
Para
Sherlee no eran más que viejas historias y cuentos para asustar a los niños y
que no se alejasen de sus casas, sin embargo, no podía negar que, desde hacía
un rato, tenía una extraña sensación, como si algo o alguien la estuviera
observando y por más que girase sobre si misma, nunca llega a ver nada. Era por
eso que necesitaba que aquella flecha acertase con todas sus fuerzas.
El
tiro fue limpio y rápido, por la forma en que el ciervo cayó al suelo, el
flechazo tuvo que ser directo al corazón.
—Que
poético —pensó Sherlee.
Se
acercó con cuidado a la pieza y comenzó a atarle las patas para luego subirla al
trasportín que llevaba. Comenzó el camino de vuelta a un ritmo rápido,
necesitaba salir de aquel sitio porque había algo que la abrumaba, pero no
negaba que se encontraba bastante contenta y satisfecha con su premio. Cuando ya
podía entrever la salida del bosque, algo llamó su atención.
No
quedaba claro de qué se trataba, pero era un rumor extraño que le costaba identificar.
En un primer momento decidió seguir adelante, sin prestar demasiada atención a
lo que pudiera ser, pero algo la frenaba, algo la instaba a dar media vuelta y averiguar
de qué se trataba.
Tras
sopesarlo, meditarlo y refunfuñarlo en el sitio mientras giraba en un sentido y
otro, Sherlee decidió seguir aquel sonido para identificar su origen. A medida
que se adentraba de nuevo en el bosque, aquel sonido se iba transformando, en
un principio parecía un zumbido, luego era más una especie de pitido o chirrío
y, finalmente, un llanto suave y melodioso. A la cazadora le sorprendía que alguien
pudiera llorar de aquella forma, era un quejido que partía el alma y ponía los
pelos de punta, pero que, al mismo tiempo, te paralizaba y llenaba tu ser.
Aquel
llanto la condujo hasta un pequeño claro de árboles, donde de entre las ramas
se colaba un pequeño rayo de luz sobre una figura. Era la figura de una mujer, ataviada
con un vestido de gasas negras, dando un aspecto de mortaja descuidada y el
pelo largo y gris que caía hasta la cintura. La mujer tenía las manos cubriéndole
la cara y algo caía de entre sus dedos sin saber aún que era. Sherlee se paró en seco, ¿qué hacer? ¿sería
buena idea acercarse o debería irse? Sabía que no era de su incumbencia, pero
viendo a aquella mujer allí, no era capaz de volverle la espalda.
Intentando
hacer su presencia llamativa, Sherlee comenzó a acercarse a ella con pasos
fuertes y decididos, pero la mujer ni se inmutó.
—Oye,
¿te encuentras bien? —le preguntó a la figura de negro, pero no respondió— ¿te
ha ocurrido algo? ¿Te han asaltado bandidos… te han herido? —de nuevo, la figura
seguía ignorándola —¡¿Me oyes?! ¡Eh!
Algo
airada, Sherlee colocó una de sus manos sobre el hombro de la mujer y sintió un
escalofrío gélido que heló toda su existencia, notando como la sangre iba abandonando
su rostro poco a poco. Todo se volvió borroso y oscuro y la cazadora, no
recordó nada más.
Poco
a poco, la cazadora fue haciéndose consciente de su cuerpo, tendido sobre algo blando
y fresco que suponía sería hierba, comenzó a mover los brazos para poder
incorporarse, apenas podía ver bien por la oscuridad, ¿cuánto tiempo llevaría inconsciente?
—Pero
¿qué ha pasado? —se preguntó a sí misma.
—Te
has desmallado —la voz que le respondió era melodiosa y angelical, con un punto
infantil y al mismo tiempo, fría, cortante y sin emoción.
Sherlee
levantó el tronco en dirección a la voz y un grito de sobresalto salió de entre
sus labios, lo último que esperaba era encontrarse a menos de un palmo de su
cara a aquella joven. Después de retroceder varios pasos y que su respiración
se normalizase, el cerebro de Sherlee fue procesando a aquella mujer que ahora
que observaba su cara, se trataba de una joven de enorme belleza. Pese a su
cabello gris, la joven debía ser más pequeña que ella, probablemente tendría la
edad de su segunda hermana, la piel tersa y blanca como la porcelana quedaba
coronada por dos grandes ojos que no sabía si eran azules o grises, tenía los
pómulos marcados, la nariz pequeña y los labios grandes y carnosos. Aun con
aquellas vestimentas de parca, Sherlee no pudo evitar pensar que debía
encontrarse delante de alguna criatura de otra realidad, ya que no había
conocido antes algo tan hermoso.
—¿Te
he asustado? —le preguntó la joven—. No era mi intención, tampoco esperaba que me
vieras.
—Bueno,
no iba a hacerlo… pero te escuché llorar y no lo pude evitar — Sherlee se
levantó y de repente, recordó que había traído algo con ella que las horas le
afectaba— ¡¿Dónde está?! —preguntó alterada mientras se acercaba al punto donde
había dejado el cuerpo del ciervo, al no encontrarlo, se giró hacia la joven—
¿dónde está el ciervo que traía conmigo?
—Con
los muertos —respondió la joven sin más.
—Eso
lo suponía, lo había matado yo —Sherlee pateó el suelo con frustración, al
menos estaba ahí su arco y flechas— ¿qué les voy a llevar ahora a mi familia?
La
cazadora, tan centrada en su dilema, no se había percatado cuando aquella joven
se había acercado a ella y, con un gesto desganado, le había tendido una
pequeña bolsa de raso negro.
—¿Qué
es esto? —preguntó Sherlee extrañada.
—Algo
con lo que podrás comprar comida para los tuyos —replicó la joven.
Sherlee
cogió la bolsa con recelo y la abrió lentamente, fue incapaz de contener su
expresión de sorpresa y que sus ojos se abrieran como platos al encontrar tal
cantidad de perlas, ¿cómo era posible que alguien como ella tuviera tantas?
—¿De
dónde las has sacado? —preguntó la cazadora con desaprobación en su voz.
—Son
mías, pero a mi no me sirven para nada. Tú las necesitas más.
Sherlee
estaba sorprendida, con las penurias que estaban pasando en su aldea le
sorprendía tanta generosidad de forma desconsiderada y, sobre todo, por un extranjero.
Una parte de ella se sentía culpable por haber dudado de ella e incluso por
haber podido ser descortés.
—Gracias…
muchas gracias, no sabes lo que significa esto para mí. ¿Cómo te lo puedo compensar?
Déjame invitarte a mi casa, de seguro no eres de aquí y por tu aspecto parece
que no tienes a donde ir.
La
joven sonrió de forma amarga como lo hace alguien que ha sufrido mucho y Sherlee
notó un pinchazo en su corazón, ¿qué sería aquello por lo que esa niña había
tenido que pasar para mirarla así?
—No
será necesario —sentenció la joven— será mejor que te vayas ya, la noche no es
segura para los vivos.
—¡Al
menos dime tu nombre! —gritó Sherlee al tiempo que la joven se deslizaba y
retrocedía sobre sus pasos.
—Aibhill…
Como
si de una bruma se tratase, aquella chica desapareció en la oscuridad. Sherlee
no permaneció más tiempo en el bosque y corrió hasta llegar a su montura que, por
suerte y sorpresa, seguía estando en el sitio que la había dejado.
Una
vez en su casa y habiéndole contado la historia a sus padres, decidieron
esconder las perlas y su procedencia para evitar futuras situaciones complicadas.
A la mañana siguiente, su padre y algunos de sus hermanos escondieron las
perlas en el patio trasero mientras, con algunas de ellas, se acercaron al
pueblo más cercano para cambiarlas por víveres y así no levantar sospechas. A Sherlee
le hubiera gustado ir con ellos ya que había sido ella quien las había
encontrado, pero, por el contrario, tuvo que quedarse al cargo de su madre y
hermanas.
Con
ese pretexto y una vez hubo terminado todas las tareas asignadas, Sherlee
volvió de nuevo al bosque, al mismo punto donde se había encontrado con aquella
chica, no sabía por qué y de hecho, ni siquiera veía factible verla de nuevo,
pero algo dentro de ella le pedía que fuera a su encuentro.
Para
su sorpresa, Aibhill se encontraba en el mismo sitio que el día anterior; sobre
una roca, con el cuerpo echado en un brazo y el semblante compungido por la
tristeza y el dolor. En ese punto, algo sorprendente ocurrió: de los ojos de la
joven, de donde deberían haber brotado lágrimas, nacieron perlas que cayeron
por su peso o a la roca o al agua, creando pequeñas ondas.
—Te
dije que las perlas eran mías… y ahora ya sabes por qué —la voz de Aibhill era
un susurro que, en condiciones normales sería imperceptible, aunque por algún
motivo incomprensible Sherlee la oía como si estuviera a su lado.
—¿Cómo
puedes hacer eso? —preguntó la cazadora sorprendida y emocionada.
—Es
parte de mi maldición… no puedo siquiera limpiar mi dolor con lágrimas, no hay
forma de que lo que queda de mi se redima ni se cure.
La
cazadora se movió de forma tan rápida e instintiva que no se percató que se
encontraba abrazando a la joven. Con la misma rapidez que se había acercado, se
alejó de ella.
—Lo
siento… no sé por qué lo he hecho… De todas formas —comentó cambiando de tema—,
¿cómo has llegado aquí? No te había visto nunca en el pueblo.
—Porque
no te había hecho falta —aquellas palabras dejaron extrañada a Sherlee, ¿a qué
se refería con no hacer falta? —. Pero, es tarde y será mejor que vuelvas.
Al
igual que el día anterior, aquella joven desapareció, ¿cómo podía hacer algo
así delante de ella? No terminaba de comprenderlo. Siguiendo su consejo y dado
que no le terminaba de agradar el bosque, la cazadora regresó a su aldea, pensando
en las últimas palabras de Aibhill que no era capaz de comprender, hasta que
llegó a la aldea…
…
Qué
horrible era el destino de una banshee
cuando tu mera presencia se limita a traer desgracia y anunciar penurias al
resto. Una vez más, Aibhill tenía que asumir su papel en la historia, una
historia donde debía observar sin hacer nada como la mano del hombre destruía
todo lo bueno y puro que ella conocía, aunque en aquella ocasión, decidió que
su papel no fuera solo de espectador.
Desde
lo alto de la colina, Aibhill observó las llamas que se apoderaban de la aldea
de Sherlee, la joven a la que había intentado salvar entregándole aquellas
perlas; la banshee esperaba que la
cazadora hubiera abandonado la aldea con su familia con la intención de cambiar
aquellas perlas por algo de dinero y, de aquella forma, librarse del ataque de
las tropas enemigas que asolaban el país. Lentamente, comenzó a bajar la ladera
y, lentamente, comenzó a dejar escapar pequeños alaridos que acaban con la vida
de todos aquellos que encontraba a su paso. Aibhill avanzó hasta que encontró
una figura que le resultaba familiar, el cuerpo magullado y maltratado físicamente
de Sherlee se encontraba tirado en el suelo, como si fuera algún desecho.
Aibhill
apartó algunos mechones de su ensangrentada cara y, poco a poco, acercó sus
labios a los de la cazadora, arrebatándole su último suspiro de vida y atándola
de aquella forma a una existencia vacía y fría; la de una doncella. Todos eso y nada más…
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