Eco I: Ladrón de guante verde
El
sonido del motor apagándose era ensordecedor y Soren apenas podía escuchar a su
teniente aun estando a varios metros de distancia de la avioneta. Hacía 30 años
que la «Interpol» había sido fundada y hasta entonces las críticas resultaban
favorables, por desgracia, llegaban noticias de varios museos extranjeros que hacían
peligrar tan trabajado reconocimiento.
—Escúchame bien Soren, es muy importante que esto salga bien—le comentaba su teniente entre dientes—ese tótem ha aparecido por arte de magia y es muy importante para el museo que todo salga a la perfección. La prensa lo ha apodado como <el ladrón de la suerte>, no deja ninguna huella y por supuesto, siempre se sale con la suya.
—No se preocupe teniente. Le aseguro que nadie se acercará a esa estatuilla.
El teniente asintió y fue hacia el grupo de periodistas que estaban esperando para la rueda de prensa, el trabajo que le tocaba a su superior era peor aún que el suyo y no lo envidiaba para nada.
Comenzó a bajar el cuerpo de seguridad que había contratado la expedición, por lo que él sabía, estaba financiada por uno de los mayores magnates del centro de Europa quién se había lucrado con la reciente situación que había azotado el continente. Una vez se hubo identificado, así como los agentes, comenzaron a descargar la mercancía: junto con la estatuilla se encontraban otra serie de piezas de arte, de menor valor, aunque no había ni rastro del tótem. De la avioneta, bajó una mujer, llevaba una gabardina color caqui junto con un pañuelo turquesa y gafas de sol de ojo de gato, tenía unas esposas en su mano derecha que la encadenaban a un maletín macizo.
—Usted debe ser el agente Karlsen —le dijo tendiéndole la mano izquierda— doctora Sophiane Eljal, encantada de conocerle.
—Lo mismo digo —comenzaron a andar en dirección a su coche— la llevaré a su hotel y desde ahí-
—¡No! —interrumpió la doctora con tono imperioso— lléveme al museo, cuanto más tiempo esté la estatuilla fuera de un perímetro de seguridad, peor.
—La veo algo preocupada —retomó Soren molesto por la interrupción.
—¿No lo estaría usted? Es la mayor pesadilla de un historiador, no sólo está mi carrera en juego sino también mi reputación. Si perdiera este artículo, ya ningún museo ni expedición contaría conmigo.
Soren se mantuvo en silencio, aquella mujer de ojos color de miel y rasgos arabescos tenía sus prioridades bien claras y sus órdenes eran no separarse de aquel tótem.
Llegaron al museo y el despliegue policial parecía dedicado a una gran recepción, lo cual no iba muy desencaminado. La doctora Eljal se quitó las esposas y abrió el maletín, sacando con gran cuidado el tótem que escondía, la forma era extraña y Soren no terminaba de entender qué representaba, aunque no era algo que le importase, no le iban esas cosas. Una vez los historiadores estuvieron inmersos en su trabajo, Soren revisó el protocolo de seguridad tanto con la policía como con el servicio de seguridad privada. El peso que tenía sobre sus hombros era demasiado, pero estaba seguro de que podría con él, o al menos eso era lo que pensaba.
El ladrón contra el que se enfrentaban tenía un largo historial delictivo, ningún fallo, todos sus objetivos habían sido un éxito, pero lo más extraño de todos sus crímenes era la larga lista de errores, casualidades o como quisieran llamarlo. Parecía que la suerte le tenía especial afecto, ya que siempre acababa saliéndose con la suya, no sin antes, dejar tras de sí una lista de infortunios, como si las consecuencias de sus actos cargasen sobre los hombros de otras personas. Cualquier otro hubiera rechazado el caso, pero Soren era bastante confiado y estaba seguro de poder atraparlo.
Pudo realizar varias rondas antes de que tanto la doctora como el resto de personal abandonara las instalaciones para prepararse. Poco a poco, los notables invitados llenaron el recinto. Soren se paseaba alrededor de la vitrina del tótem, no le quitaba los ojos de encima y se aseguraba a cada minuto de que todo funcionara a la perfección. A cada segundo, salvo cuando la doctora Eljal entró en escena.
La doctora Eljal había estado escondiendo sus curvas y su belleza bajo aquella gabardina y pañuelo, pero ahora, llevaba un vestido de dos piezas, con la parte de arriba cubriéndose por una estola de pelo marrón bajo la que llevaba un corpiño palabra de honor y una falda de capa con vuelo hasta la mitad inferior de la pierna, el vestido era en tonos claros en contraste con los tacones oscuros. Llevaba su melena castaña recogida en un moño con el único adorno de un collar de perlas.
—Buenas noches agente Karlsen —lo saludó— ¿ha podido disfrutar de las exposiciones?
—La verdad es que no, no me he movido de aquí en ningún momento.
—Vaya, es un hombre concienciado con su trabajo por lo que veo —se acercó a la figura, pero sin sobrepasar el perímetro de seguridad— es una maravilla, nos ha tenido a todos en vela durante semanas, suponemos que es de origen sumerio, aunque por la localización y la datación parece pertenecer posterior a la época que Asiria conquistó Mesopotamia —Soren se percató de un brillo especial en los ojos de la doctora—. Aunque creo que es una equivocación, no hemos tenido tiempo suficiente para estudiarla y arriesgarnos así…
—¿No confía en nosotros? —le preguntó algo ofendido.
—No me malinterprete —contestó más angustiada— agradezco mucho el esfuerzo que están haciendo y es un alivio tener a la Interpol con nosotros —volvió a mirar la vitrina— es sólo que los rumores vuelan.
Soren soltó un bufido y puso los ojos en blanco al tiempo que se alejaba de la vitrina y encendía un cigarro. Sophiane se acercó a él y con un gesto, Soren le ofreció un cigarro que ella aceptó.
—Los rumores son solo eso —sentenció Soren— si quiere saber mi opinión, ese criminal
tiene los días contados.
—Son palabras muy duras ¿no cree?
—¿Segura? No es solo el hurto, es la ristra de desgracias que deja tras él. ¿Cree que él la tendrá en cuenta a usted? ¿o al resto del personal del museo? ¿a los invitados? ¿a mí? No señora, ese criminal solo se preocupa de si mismo, pero eso va a cambiar.
—Está muy seguro, ¿de verdad cree que lo atrapará?
—Bueno —comentó con una sonrisa— yo también tengo mi estrella.
La doctora Eljal se reunió con el resto de los invitados y estuvo atendiendo a todos como la buena anfitriona que se esperaba de ella. Todo iba tal cual se debía hasta que, de repente, la misión se truncó.
Delante de sus ojos y sin saber cómo, uno de los objetos que se exponía junto a la estatuilla desapareció.
—¡Dad la alarma! —informó a uno de los agentes— que nadie entre ni salga del museo. ¡Cerradlo todo! ¡Y buscad a la doctora Eljal!
Soren dejó en manos de la policía la coordinación del protocolo de seguridad mientras él salía en búsqueda de la doctora. Su instinto no le fallaba y el único momento en que lo podría haber hecho era cuando le dio la espalda, pero ¿cómo y por qué?
Recorrió las inmediaciones de la sala de exposiciones y, al no encontrar nada, fue en dirección a la terraza más cercana, buscando una conexión con el tejad. Subió las escaleras de obra y comenzó a correr por la fachada del museo.
—¡Alto! —grito cuando vio una figura enfundada en ropa negra— si no quiere que dispare.
La figura se giró, dejando ver aquel rostro arabesco embaucador, pero qué, en esta ocasión, no estaba coronado por unos ojos color miel, sino que sus ojos tenían un tono verde brillante artificial.
—Me sorprende agente Karslen, es usted el más avispado de sus compañeros. Algunos tardaban horas en percatarse.
—Se lo he dicho antes, tengo muy buena estrella. Y ahora, suelte el objeto y coloque las manos en alto.
Aunque Sophiane levantó los brazos, no observó rastro de ningún bulto. Soren la escudriñada a medida que se acercaba a ella, buscando algún sitio oculto.
—¿Dónde está? ¿Qué se ha llevado?
—¿Sabe cuál es su problema agente Karslen? Que le ciega su orgullo, piensa que nadie es más listo que usted y que nadie se le adelantará. Un poco de humildad puede que le venga bien.
—No ha contestado a mis preguntas, ¿dónde está lo que se ha llevado?
—¿Se refiere a esto? —sacó una especie de aguja del pelo de coral de su manga.
—¿Cómo lo ha hecho? ¿Quién es?
—No soy la doctora Sophiane Karslen, aunque eso no es lo que me ha preguntado, pero es lo que le puedo responder sin desvelar mi verdad y créame, no está preparado para conocer la verdad.
Soren no se dio cuenta que aquella palabrería era una estrategia para ganar tiempo, tiempo con el cual ganaba suerte. Sus ojos comenzaron a brillar con una luz más fuerte y, con un suave movimiento de sus manos, apareció un resplandor verde que iba saltando de un lado a otro. Sin esperárselo, los focos saltaron y Soren tuvo que cubrirse de las chispas, momento en el cual la ladrona aprovechó para saltar y caer sobre una carpa bajo la que había una colección de muebles a catalogar para futuras exposiciones: suerte.
Soren se levantó con dificultad, algunas chispas le habían caído sobre la pierna y tenía una quemadura bastante fea, pero eso no lo paro. Siguiendo a aquella mujer, Soren saltó esperando que su estrella no le fallara, por desgracia para él, su caída no fue tan suertuda y el impacto se produjo contra unas cajas.
Magullado y aturdido, Soren intentaba incorporarse, pero sus piernas no respondían. En su visión turbia, una figura oscura se acercaba a él.
—Humanos… nunca dejáis de sorprendernos.
—Escúchame bien Soren, es muy importante que esto salga bien—le comentaba su teniente entre dientes—ese tótem ha aparecido por arte de magia y es muy importante para el museo que todo salga a la perfección. La prensa lo ha apodado como <el ladrón de la suerte>, no deja ninguna huella y por supuesto, siempre se sale con la suya.
—No se preocupe teniente. Le aseguro que nadie se acercará a esa estatuilla.
El teniente asintió y fue hacia el grupo de periodistas que estaban esperando para la rueda de prensa, el trabajo que le tocaba a su superior era peor aún que el suyo y no lo envidiaba para nada.
Comenzó a bajar el cuerpo de seguridad que había contratado la expedición, por lo que él sabía, estaba financiada por uno de los mayores magnates del centro de Europa quién se había lucrado con la reciente situación que había azotado el continente. Una vez se hubo identificado, así como los agentes, comenzaron a descargar la mercancía: junto con la estatuilla se encontraban otra serie de piezas de arte, de menor valor, aunque no había ni rastro del tótem. De la avioneta, bajó una mujer, llevaba una gabardina color caqui junto con un pañuelo turquesa y gafas de sol de ojo de gato, tenía unas esposas en su mano derecha que la encadenaban a un maletín macizo.
—Usted debe ser el agente Karlsen —le dijo tendiéndole la mano izquierda— doctora Sophiane Eljal, encantada de conocerle.
—Lo mismo digo —comenzaron a andar en dirección a su coche— la llevaré a su hotel y desde ahí-
—¡No! —interrumpió la doctora con tono imperioso— lléveme al museo, cuanto más tiempo esté la estatuilla fuera de un perímetro de seguridad, peor.
—La veo algo preocupada —retomó Soren molesto por la interrupción.
—¿No lo estaría usted? Es la mayor pesadilla de un historiador, no sólo está mi carrera en juego sino también mi reputación. Si perdiera este artículo, ya ningún museo ni expedición contaría conmigo.
Soren se mantuvo en silencio, aquella mujer de ojos color de miel y rasgos arabescos tenía sus prioridades bien claras y sus órdenes eran no separarse de aquel tótem.
Llegaron al museo y el despliegue policial parecía dedicado a una gran recepción, lo cual no iba muy desencaminado. La doctora Eljal se quitó las esposas y abrió el maletín, sacando con gran cuidado el tótem que escondía, la forma era extraña y Soren no terminaba de entender qué representaba, aunque no era algo que le importase, no le iban esas cosas. Una vez los historiadores estuvieron inmersos en su trabajo, Soren revisó el protocolo de seguridad tanto con la policía como con el servicio de seguridad privada. El peso que tenía sobre sus hombros era demasiado, pero estaba seguro de que podría con él, o al menos eso era lo que pensaba.
El ladrón contra el que se enfrentaban tenía un largo historial delictivo, ningún fallo, todos sus objetivos habían sido un éxito, pero lo más extraño de todos sus crímenes era la larga lista de errores, casualidades o como quisieran llamarlo. Parecía que la suerte le tenía especial afecto, ya que siempre acababa saliéndose con la suya, no sin antes, dejar tras de sí una lista de infortunios, como si las consecuencias de sus actos cargasen sobre los hombros de otras personas. Cualquier otro hubiera rechazado el caso, pero Soren era bastante confiado y estaba seguro de poder atraparlo.
Pudo realizar varias rondas antes de que tanto la doctora como el resto de personal abandonara las instalaciones para prepararse. Poco a poco, los notables invitados llenaron el recinto. Soren se paseaba alrededor de la vitrina del tótem, no le quitaba los ojos de encima y se aseguraba a cada minuto de que todo funcionara a la perfección. A cada segundo, salvo cuando la doctora Eljal entró en escena.
La doctora Eljal había estado escondiendo sus curvas y su belleza bajo aquella gabardina y pañuelo, pero ahora, llevaba un vestido de dos piezas, con la parte de arriba cubriéndose por una estola de pelo marrón bajo la que llevaba un corpiño palabra de honor y una falda de capa con vuelo hasta la mitad inferior de la pierna, el vestido era en tonos claros en contraste con los tacones oscuros. Llevaba su melena castaña recogida en un moño con el único adorno de un collar de perlas.
—Buenas noches agente Karlsen —lo saludó— ¿ha podido disfrutar de las exposiciones?
—La verdad es que no, no me he movido de aquí en ningún momento.
—Vaya, es un hombre concienciado con su trabajo por lo que veo —se acercó a la figura, pero sin sobrepasar el perímetro de seguridad— es una maravilla, nos ha tenido a todos en vela durante semanas, suponemos que es de origen sumerio, aunque por la localización y la datación parece pertenecer posterior a la época que Asiria conquistó Mesopotamia —Soren se percató de un brillo especial en los ojos de la doctora—. Aunque creo que es una equivocación, no hemos tenido tiempo suficiente para estudiarla y arriesgarnos así…
—¿No confía en nosotros? —le preguntó algo ofendido.
—No me malinterprete —contestó más angustiada— agradezco mucho el esfuerzo que están haciendo y es un alivio tener a la Interpol con nosotros —volvió a mirar la vitrina— es sólo que los rumores vuelan.
Soren soltó un bufido y puso los ojos en blanco al tiempo que se alejaba de la vitrina y encendía un cigarro. Sophiane se acercó a él y con un gesto, Soren le ofreció un cigarro que ella aceptó.
—Los rumores son solo eso —sentenció Soren— si quiere saber mi opinión, ese criminal
tiene los días contados.
—Son palabras muy duras ¿no cree?
—¿Segura? No es solo el hurto, es la ristra de desgracias que deja tras él. ¿Cree que él la tendrá en cuenta a usted? ¿o al resto del personal del museo? ¿a los invitados? ¿a mí? No señora, ese criminal solo se preocupa de si mismo, pero eso va a cambiar.
—Está muy seguro, ¿de verdad cree que lo atrapará?
—Bueno —comentó con una sonrisa— yo también tengo mi estrella.
La doctora Eljal se reunió con el resto de los invitados y estuvo atendiendo a todos como la buena anfitriona que se esperaba de ella. Todo iba tal cual se debía hasta que, de repente, la misión se truncó.
Delante de sus ojos y sin saber cómo, uno de los objetos que se exponía junto a la estatuilla desapareció.
—¡Dad la alarma! —informó a uno de los agentes— que nadie entre ni salga del museo. ¡Cerradlo todo! ¡Y buscad a la doctora Eljal!
Soren dejó en manos de la policía la coordinación del protocolo de seguridad mientras él salía en búsqueda de la doctora. Su instinto no le fallaba y el único momento en que lo podría haber hecho era cuando le dio la espalda, pero ¿cómo y por qué?
Recorrió las inmediaciones de la sala de exposiciones y, al no encontrar nada, fue en dirección a la terraza más cercana, buscando una conexión con el tejad. Subió las escaleras de obra y comenzó a correr por la fachada del museo.
—¡Alto! —grito cuando vio una figura enfundada en ropa negra— si no quiere que dispare.
La figura se giró, dejando ver aquel rostro arabesco embaucador, pero qué, en esta ocasión, no estaba coronado por unos ojos color miel, sino que sus ojos tenían un tono verde brillante artificial.
—Me sorprende agente Karslen, es usted el más avispado de sus compañeros. Algunos tardaban horas en percatarse.
—Se lo he dicho antes, tengo muy buena estrella. Y ahora, suelte el objeto y coloque las manos en alto.
Aunque Sophiane levantó los brazos, no observó rastro de ningún bulto. Soren la escudriñada a medida que se acercaba a ella, buscando algún sitio oculto.
—¿Dónde está? ¿Qué se ha llevado?
—¿Sabe cuál es su problema agente Karslen? Que le ciega su orgullo, piensa que nadie es más listo que usted y que nadie se le adelantará. Un poco de humildad puede que le venga bien.
—No ha contestado a mis preguntas, ¿dónde está lo que se ha llevado?
—¿Se refiere a esto? —sacó una especie de aguja del pelo de coral de su manga.
—¿Cómo lo ha hecho? ¿Quién es?
—No soy la doctora Sophiane Karslen, aunque eso no es lo que me ha preguntado, pero es lo que le puedo responder sin desvelar mi verdad y créame, no está preparado para conocer la verdad.
Soren no se dio cuenta que aquella palabrería era una estrategia para ganar tiempo, tiempo con el cual ganaba suerte. Sus ojos comenzaron a brillar con una luz más fuerte y, con un suave movimiento de sus manos, apareció un resplandor verde que iba saltando de un lado a otro. Sin esperárselo, los focos saltaron y Soren tuvo que cubrirse de las chispas, momento en el cual la ladrona aprovechó para saltar y caer sobre una carpa bajo la que había una colección de muebles a catalogar para futuras exposiciones: suerte.
Soren se levantó con dificultad, algunas chispas le habían caído sobre la pierna y tenía una quemadura bastante fea, pero eso no lo paro. Siguiendo a aquella mujer, Soren saltó esperando que su estrella no le fallara, por desgracia para él, su caída no fue tan suertuda y el impacto se produjo contra unas cajas.
Magullado y aturdido, Soren intentaba incorporarse, pero sus piernas no respondían. En su visión turbia, una figura oscura se acercaba a él.
—Humanos… nunca dejáis de sorprendernos.
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