Eco nº VII: Teme la sombra

 

Sharik se encontraba tumbado sobre el suelo, mirando el lejano techo de la imperiosa habitación. Habían transcurrido 233 años desde su abrazo y aún así aquellas comodidades de su nueva vida le abrumaban tanto que incluso llegaban a ser un incordio. Siglos atrás quedaron los años de esclavitud y servidumbre, pero el dolor de las cicatrices aún resonaba en su cuerpo como si acabaran de arrancarle la piel, pese a que Nidama le había asegurado en sus primeros días que aquellas sensaciones desaparecerían.

Sharik se incorporó y salió de su habitación con la intención de recorrer los largos pasillos y vagar sin ningún rumbo hasta que, su deambulación aleatoria, lo llevó hacia el gran salón de audiencias. Aquella sala era indiscutiblemente más grande que cualquiera de las villas en las que Sharik estuvo obligado a trabajar, cualquier mansión que hubiera visto con anterioridad y claramente, mayor que su poblado natal. El salón de audiencia tenía una gran alfombra roja que tapizaba todo el suelo, con varias filas de tribunas colocadas a los laterales junto a las paredes, lo suficientemente apartadas como para permitir la colocación de mesas de banquetes. Las paredes estaban decoradas por grandes ventanales opacos por los que no entraba ningún tipo de luz y, al fondo de la misma sala, el trono presidencial, aquel que estaba destinado a la matriarca del clan y el mismo, que en algún futuro heredaría el segundo vástago del clan.

Al contrario de los que había podido observar en otras casas, aquel trono no era más que una butaca de madera con la única comodidad de un cojín rojo sobre el que sentarse. Pocas veces había visto a su sire ahí arriba, pareciese no ser una posición de su agrado, Sharik se acercó al trono, escudriñando su construcción para intentar comprender a qué se debería aquella incomodidad. Era un trono básico de madera, ornamentado, nada más. 

En el respaldo del trono, en su parte alta, había una frase grabada, la misma que se podía observar en la pared posterior al trono, aquella que presidía su casa y que estaba incrustada a fuego en todos los suyos. Bajo el escudo, ribeteado en una cenefa se leía en griego antiguo: Φοβάστε τη σκιά

—Teme la sombra…

—Porque la peste traerá, el hambre te abatirá y el rey gobernará…

Sharik se sobresaltó, pensaba que estaba solo en el gran salón. ¿Cuánto tiempo llevaría su sire ahí? La pequeña figura de la joven se acercó a él, contemplando el escudo con aquellos grandes ojos dorados de rapaz perdidos en sus pensamientos. La primera vez que la vio, Sharik dudó que ella pudiera ser la líder de algo, era una joven que no debía sobrepasar los veinte años, frágil y de cuerpo pequeño con una cara jovial e inocente que rebosaba dulzura, jamás la hubiera descrito como una mujer hermosa, aunque reconocía que tenía cierto nivel de belleza diferente al que se potencia en los cánones humanos.

—Es un lema bastante deprimente —comentó mientras intentaba mantener la compostura.

—Pero alguno de nosotros tenía que recordarlo, sobre todo en los tiempos venideros —respondió con voz suave y pena reprimida.

—Algo he oído, rumores más bien —ladeó la cabeza para mirarla —no sabía que solías hacer caso a esa clase de habladurías.

Su sire se giró y empezó a recorrer de vuelta el pasillo en dirección a la puerta, lo hizo en silencio y a paso lento, Sharik comprendía que en aquello iba implícito el seguirla, ventajas de ser un vástago entendía. Emprendió la marcha y hasta que no estuvo a su misma altura, no retomó la conversación.

—Los rumores no salen de la nada, siempre hay algo de verdad en ellos.

—Entonces, ¿crees que es verdad? —Bash, su sire, asintió con la mirada perdida y la preocupación en su rostro —en tal caso ¿no debería ser una noticia de júbilo? —Bash dejó entrever una media sonrisa—¿he dicho algo divertido?

—En parte si —comentó—, a veces se me olvida lo joven que eres… Supongo que es lo que se esperaría de nuestra sociedad, a fin de cuenta, seguimos llevando un estamento feudal, aunque lo nuestro distaba mucho de cómo funcionaba entre los humanos. Normalmente, el rey quedaba a completa merced de los nobles, siendo estos los que tenían el poder y los recursos reales, podríamos decir que un rey era un vasallo venido a más, de forma osada. Pero nuestro rey no era así —Bash se sentó en el poyete de una ventana y le indicó a Sharik con la mano que se sentara a su lado—, te contaré una historia:

Hace mucho, mucho tiempo, cuando aún la sangre corría por mis venas y el latido de mi corazón estaba presente; nuestra sociedad ya se había constituido en un estamento feudal, mucho antes de que yo supiera qué significaba eso y que mi mente pudiera comprender cómo un ciudadano rechazaría sus derechos y aceptaría no ser más que una posesión para un nivel superior.

En aquellos años, Bardu se limitaba a tenerme encerrada dentro del palacio y mi vida no era más que estudios y entrenamientos, con la salvedad, que los únicos descansos que me permitían eran para dirigirme a la biblioteca y seguir estudiando. Tenía una vida tranquila y monótona hasta que llegaron noticias de tierras lejanas: el rey de los vampiros volvía de nuevas conquistas y en su ruta de vuelta, tendríamos el honor de que su caravana pasara por nuestras tierras.

Como era de esperar, Bardu convocó a todos los representantes de las pequeñas familias para organizar la mayor fiesta que se hubiera dado en su honor. Durante semanas, hubo un gran revuelo en nuestra casa y no era capaz de entender el por qué, recuerdo haber hablado del tema con Bardu:

—No es tan difícil de entender —comentó sin levantar la vista de la mesa—, entre los tuyos también hay grandes líderes que honráis, nosotros hacemos lo propio.

—Pero esto es diferente —le dije—, es como si… como si tuvieran miedo.

En ese momento, Bardu soltó la pluma y se levantó del asiento de forma brusca, pese a que llevaba pocos años con él, fue la primera vez que me asusté de su reacción. Estaba acostumbrada a que me permitiera comentar lo que quisiera, cualquier idea que pasase por mi mente era siempre bien recibida, supongo que en ese sentido me tenía bastante consentida, aunque con su reacción y la furia en su cara, temí que incluso la reprimenda pudiera llegar a ser física. Bardu fue una persona diplomática, pero como sería de esperar de alguien de su posición, las armas nunca fueron un problema.

 —No te consiento esa actitud, niña. Quizás haya sido demasiado diligente contigo: hasta nueva orden, quedarás recluida en tu habitación, tus maestros irán a ella para tus lecciones, así como tus instructores y no saldrás de ella bajo ningún concepto.

No pude recriminarle, dos guardias me escoltaron hacia mi dormitorio y desde que las puertas se cerraron, no se volvieron a abrir hasta la mañana siguiente con la frecuencia de mis clases. Veía pasar los días desde las rendijas de mis ventanas también cerradas, me encontraba en un verdadero cautiverio hasta que una noche, el sonido de la música y el ajetreo de la calle me advirtió de la esperada llegada. Bardu había empleado sus mejores recursos en dar a su rey la mayor entrada posible, pero en todo ese tiempo, mi sire no acudió ni una vez a visitarme, las únicas noticias que tenía del exterior me las proporcionaban los guardias a través de las puertas, quienes se habían apiadado de mi por la tristeza que me devoraba aquellos días.

Pasaban los días y no veía el momento en el que abandonar esa habitación. Una noche mientras dormía, noté como la corriente que entraba desde las ventanas era mayor, me levanté de la cama y observé que se encontraba un poco abierta. No recordaba que nadie la hubiera limpiado en aquel tiempo y supuse que el cierre habría cedido por el paso del tiempo a consecuencia de las marcas que vi en él, me dispuse a cerrarla de nuevo, pero las ansias de libertad me invadieron y no fui capaz de evitarlas. Cogí una toga y salí al balcón y respiré con fuerza hasta que sentí mis pulmones helares, disfruté un par de minutos de aquella brisa agradable y, cuando consideré que había gozado lo suficiente y que ya era momento de volver al interior, escuché un pequeño sonido proveniente del pasillo colindante.

Debatí internamente si debía cumplir con mi responsabilidad o dejarme guiar por mi curiosidad. Al final, me dejé guiar por la necedad y, con una vela encendida en la mano, comencé a avanzar por aquel pasillo oscuro. Extrañamente, me iba adentrando en el ala opuesta a la mía sin encontrarme nadie por el camino y, a más que avanzaba, más crecía en mi una sensación de angustia y desasosiego, me sentía como un pequeño conejo que espera agazapado el ataque de un depredador hambriento. Cada vez, los sonidos que había escuchado se parecían más a quejidos, al tiempo que me dirigían hacia una de las habitaciones finales cuya puerta se encontraba entreabierta.

Penetré en aquella instancia oscura, había un olor metálico fuerte mezclado con otros desagradables que no era capaz de diferenciar, la vela que llevaba no era capaz de disipar la oscuridad de aquella habitación. Mientras caminaba, notaba el suelo caliente, como si estuviera cubierto de algún líquido derramado y mis alarmas acabaron de activarse cuando rocé el cuerpo moribundo y destrozado de una de las criadas que, aquella misma mañana, habían sido las encargadas de llevarme el almuerzo.  Dejé caer la vela al suelo a consecuencia del sobresalto de la escena, quedando ahogada por la sangre que cubría el suelo. 

Observé el resto de la habitación, intentando en vano, encontrar alguien con vida para horrorizarme más al descubrir diferentes cuerpos en descomposición, probablemente vampiros que habrían corrido la misma desgracia que aquellas pobres criaturas. Me preguntaba quién podría haber hecho semejante brutalidad y cómo habría pasado desapercibido ante los ojos de una de las familias más militarizadas de todas, cuando me giré para abandonar la habitación, obtuve mi respuesta.

Al rotar en dirección a la puerta, me topé con una figura extraña cubierta en sombras, parecía una forma humanoide con grandes garras y colmillos afilados que avanzaba lentamente hacia mí, analizándome, oliéndome y saboreándome. El miedo me paralizaba hasta tal punto que ni siquiera era capaz de respirar, notaba como mis latidos se hacían más rápidos y martilleaban mis oídos mientras mi voz, quedaba reducida a un hilo lamentoso, mientras aquellas esferas azules me miraban, notaba como la vida abandonaba mi cuerpo y este cada vez se enfriaba aún más, mis dedos comenzaban a adormecerse y el dolor se extendía por todo mi cuerpo hasta que, por algún motivo que no comprendí, la bestia dejó escapar un bufido de desagrado y rechazo, marchando por mi lado como si no fuera más que un papel tirado en el suelo.

No fue hasta que Bardu me cogió entre sus brazos cuando mi cuerpo salió de aquel estado de shock. Las lágrimas brotaron de mis ojos, mis piernas flaquearon, la presión comprimía mi cerebro y mis sistemas se colapsaron de la forma más humillante posible. El rey se marchó aquella misma mañana y durante meses permanecí encerrada voluntariamente en mi habitación, me aterraba el exterior y tardé casi un año en salir de ella, fue en ese momento en el cual Bardu me confesó la terrible verdad: aquel déspota tenía la costumbre de tomar por suyo todo lo que se le placiera y, entre sus autoasignados derechos se encontraba una vertiente vampírica de la pernada. El rey solía tomar para si a los futuros vástagos, abusar de ellos de cuantas formas físicas y psíquicas son posibles y, luego, devolvérselos a sus sires convertidos en meros amasijos vacíos y desquiciados cuyo único trato justo es la muerte.

—Os imploro un pacto —le suplicó Bardu—;  la vida de mi protegida a cambio de todo lo que poseo.

El rey no le contestó y Bardu se creyó ignorado, por lo que en su angustia pensó que encerrándome en mi habitación sería una forma de protegerme. Se sorprendió cuando en su encuentro, este dijo <Acepto tu petición>. Fueron las únicas palabras que cruzaron y Bardu pensó que todo estaba solucionado, lo único que tenía que hacer era volver la vista a su gente con el fin de evitar un mal mayor, motivo por el cual, cuando se percató de mi presencia en aquella habitación, pensó que todos aquellos esfuerzos fueron en vano, por suerte para mí, no fue el caso.

Sharik contemplaba a su sire en silencio mientras ella intentaba mantener el rostro sereno, aunque, si tenías experiencia en escudriñarlo, podías apreciar la angustia que intentaba esconder.

—¿Y no fue un precio muy alto? Una vida por toda una familia no es lo que tú nos has enseñado.

—En efecto no lo es, pero un padre hace todo lo que puede por proteger a sus hijos, probablemente, yo hubiera hecho lo mismo por alguno de vosotros.

—¿Y aquella sombra? ¿Era el rey? ¿Por eso nuestro lema?

—Aquel día acuñé ese credo y cuando alcancé el trono, lo apliqué como nuestro. Es un recordatorio y una advertencia por lo que aquel monstruo es capaz de hacer.

Sharik instintivamente y sin saber porque, se arrodilló delante de Bash y apoyó su cabeza sobre su regazo, mientras rodeaba su cintura con sus brazos. Bash comenzó a acariciarle la cabeza delicadamente, como una madre hace con un niño asustado, a fin de cuentas, Sharik estaba aterrado: debía temer a la sombra, porque si no; él vendrá, lo destruirá y a su madre, se llevará.

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