Eco nº XVI: Durante el equinoccio

 

A veces… somos demasiado curiosos. Ese absurdo sentimiento que tenemos por conocerlo todo, por culpa de nuestro ego, somos incapaces de dejar las cosas estar, de vivir nuestra vida sin indagar en aquello que no debe ser indagado, sin rebuscar en remotas leyendas y cuentos, viviendo la vida como la tenemos que vivir, como una gota más en este inmenso océano; imperceptible, irrelevantes… una gota, solo… una… gota.

Somos nuestro peor enemigo y, dentro de nosotros mismo, la soberbia nuestro mayor pecado. Tenemos lo que nos merecemos, en nuestra justa medida; ni más, ni menos. En eso hay que quitarse el sombrero frente al karma, puesto que esa «justicia» que tanto solemos querer, aunque nunca nos satisface, mantiene el ligero equilibrio en el que nuestro mundo se mueve, evitando que acabemos rompiendo la balanza que tan viciada tenemos a nuestro favor.

Es en este momento, cuando veo el final de mi camino, donde soy consciente de estas pequeñas percepciones, sutiles, pero tan prácticas que sin ellas nuestro instinto de supervivencia no serviría de nada. Había escuchado las historias de aquella casa, en el mismo centro de la ciudad, en el casco histórico, junto a los monumentos más memorables y, sin embargo, al mismo tiempo tan aislada, olvidada… ¡ingrata!

No fui consciente de mi error, para mí estas fechas no importaban, pero no tuve mejor idea que adentrarme en aquella casa durante el equinoccio de otoño, ese periodo donde algunos dicen que es el momento de la transformación, meditación, de hacer nuevos propósitos y dejar atrás aquello negativo que arrastramos; en definitiva, el momento de renacer… por decirlo de algún modo.

Siempre me había preguntado como sería una casa así por dentro, así que hacerme pasar por una posible compradora resultó ser la opción más acertada puesto que el agente tenía especial interés en vender o, mejor dicho, deshacerse de la casa. Aquella vivienda, con un patio señorial a la entrada, en cuyo centro había una gran fuente ornamentada, era el sueño de cualquier filántropo que se preciara, lo que hacía cuestionarme cómo era que siguiera en venta.

Pocas preguntas contestaba aquel agente, sino que se limitaba a repetir el mismo discurso aprendido y repetido una y otra vez. Sin embargo, había algo extraño en él, tanteaba las llaves de la casa, evitando el tener que abrir la puerta, al indicárselo, un sudor frío comenzó a cubrirle la frente, parecía un niño que estuviera a punto de confesar alguna trastada.

Tanto la cerradura como la puerta, hacían un ruido profundo. Por un lado, cada vuelta de la llave sonaba como un eco de ultratumba, una señal de aviso a los moradores de que los intrusos volvían, mientras que la puerta, al abrirse rechinaba con un quejido de lamento y rabia al mismo tiempo. Un lugar acogedor donde los hubiera.

El lamentable estado de la casa se hizo evidente, los dueños no parecían estar muy por la labor de arreglarla, lo que explicaría su bajo precio, era evidente que querían deshacerse de ella. La humedad calaba, pero era una sensación esperable, visitamos el resto de la planta baja y, cuando volvimos a las escaleras que daba a las habitaciones, el agente dio por finalizada la visita.

—¿Y las habitaciones? —pregunté y ante la mirada de desconcierto del agente, aclaré—. ¿No deberíamos subir y ver las habitaciones antes de terminar la visita?

—Bueno… —balbuceó— si quiere verla, es cosa suya, yo la esperaré aquí. Aunque ya le anuncio que no hay nada que ver, se encuentran en el mismo estado que esta planta. Si le interesa, lo que le recomiendo que haga es tirarla abajo y construir de cero, a ser posible, préndale fuego a todo.

Aquellas declaraciones debieron hacer saltar mis alarmas, pero ya lo hemos dicho, el ser humano es curioso; por naturaleza.

Con solo colocar un pie sobre uno de los escalones, un escalofrío recorrió todo mi cuerpo, junto con una sensación de descarga eléctrica en mi espalda. Seguí subiendo las escaleras y, a cada paso que daba, más pesado se tornaba el ascenso, iba perdiendo mis fuerzas poco a poco. El último escalón se hizo un mundo de tal manera, que al llegar a la parte de arriba tuve que recobrar el aliento debido a una sensación de mareo.

Según había dicho el agente, las habitaciones no tenían mejor estado que el resto de la planta baja, lo cual me decepcionó, esperaba encontrarme algo más llamativo, pero la casa estaba vacía por completo, nada que mereciera la pena observar. Me disponía a dirigirme al descansillo y bajar las escaleras y ahí la encontré.

Encarada a mí, con una separación de menos de un centímetro de distancia, pese a ser intangible, podía ver las ojeras remarcadas, esa cara era reconocible a la perfección. Lo que más me desquiciaba eran aquellos ojos, grandes y redondos, que me juzgaban y odiaban con todo su ser.

No era capaz de articular palabra, quería gritar, pero no podía era como si… como si…

Me llevé las manos a la garganta, no había signos ninguno de lesión, aún así notaba como la sangre se derramaba por mi cuello y comenzaba a empapar mi ropa, cada vez se hacía más complicado respirar, dado que aquella sangre imperceptible ahogaba mis pulmones. Aquella figura, que hacía un año había sido una mujer llena de vida y luz, ahora se había tornado en un espectro macabro y sádico, disfrutando de su venganza o, de lo que ella consideraba, su justicia. Había cometido un error…

—No ha sido venir aquí… —respondió a aquel comentario que no fui capaz de verbalizar—, esto… esto es tu castigo… POR ROBARME MI VIDA.

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