Eco XV: El encargo de Selene


Anabel apagó el despertador con un movimiento brusco del brazo, la lluvia aporreaba la ventana como lo había estado haciendo durante las semanas anteriores, los meteorólogos no entendían el por qué de esa borrasca que no parecía seguir los ritmos típicos establecidos, aunque tampoco era algo a lo que Anabel le prestase mucha atención.

Pese a las semanas que habían pasado, Anabel seguía sin tener noticias de sus padres quienes, cada vez más segura de ello, debían seguir enfadados porque no acudiera a celebrar las fiestas con ellos. La conversación había sido la misma una y otra vez, hasta el punto de que Anabel se planteó grabar sus contestaciones a fin de no tener que pasar por eso otra vez.

Entendía que para sus padres fuera muy importante, pero ellos también tenían que entender que el trabajo que ella tenía por delante era muy complicado, son pocos los que conseguían sacarse una plaza de diplomático sin ningún tipo de «padrino» y que la hubiesen destinado a Dublín significaba un gran éxito para ella, al menos al principio. Su día a día en la oficina cada vez se volvía más tedioso, lo único que hacía era rellenar papeleo inservible y que no le implicaba ninguna mejoría en su posición, empezaba a sentirse como «la chica de los cafés».

Sin embargo, se había propuesto aguantar todo lo posible hasta que pudiera meter cabeza en otro sitio y claro, todo esto, sin decirle nada a sus padres, ¿qué les iba a decir? Eran personas que habían trabajado toda su vida en el campo, sabían lo que es el esfuerzo, pero al contrario que en su campo, en la vida de Anabel trabajar más no siempre implicaba más frutos. El único descanso que había conseguido eran las tareas sociales que hacía en uno de los centros para la mujer, sobre todo, con una de ellas… nadie había conseguido que hablase salvo Anabel, que lo único que consiguió que le dijera era su nombre: Maret

Maret llegó al centro hará seis meses, tenía un aspecto demacrado y la ropa destrozada, pese a eso, era indudable la belleza de aquella chica, la cual cargaba con la peor de las situaciones; un embarazo. Cuando se lo dijeron puso los ojos en blanco y su cara representaba una incredulidad plena, parecía como si esa idea fuera impensable en su mente. Se pasaba todos los días sentada en su habitación, mirando por la ventana con gesto taciturno, como si esperase un hecho a ocurrir, el cual, estuvo más cerca de lo que pensaban.

Cuando Anabel llegó al centro, había un gran alboroto y el personal corría de un lado para otro, había estado todo el día con una sensación rara en el pecho y, en ese momento, notó como si su corazón se retorciera hacia dentro, algo debía estar pasando y e intentaba por todos los medios que ese pensamiento no cruzase su puerta.

—¿Qué ocurre? —preguntó a una de las enfermeras.

—Maret se ha puesto de parto y con el temporal que hay, no podemos llevarla al hospital. Uno de los doctores está con ella, pero no es especialista en el campo y ni siquiera tenemos matronas…
Sin tardar un segundo más, Anabel fue corriendo a la habitación de la joven, para encontrarse al resto de enfermeras y algún que otro médico asistiendo el parto. La imagen resultaba un tanto desconcertante, dividida en dos planos. Por un lado, los sanitarios se movían angustiados, sin saber qué hacer y poniendo todo su trabajo en ello, por otro, Maret tenía el rosto inexpresivo, pese a las contracciones de su cuerpo y al dolor que se reflejaba en sus ojos, no había nada en su cara hasta que… Anabel entro en su visión.

Por primera vez desde que estaba allí, Maret dibujó una expresión en su cara, expresión de súplica, tendiéndole la mano a Anabel, quien corrió para cogérsela y quedarse a su lado.

—Protégela —dijo la parturienta con una suave y melodiosa voz, como si de un canto de pájaro se tratase —. No puedes dejar que nadie la encuentre, porque vendrán por ella, porque no la comprenderán y ella… prométeme que lo harás.

Las lágrimas brotaban en sus ojos y Anabel no pudo hacer otra cosa que asentir. Unos gritos irrumpieron el jaleo y ahí estaba, era pequeña y todavía estaba cubierta por los fluidos del parto, pero aquella niña era lo más bonito que Anabel había visto nunca. Una de las enfermeras, con un gesto de alivio en la cara, se la tendió a Anabel.

—Tendrías que dársela a la madre…

Dejándose llevar por la emoción, Anabel no se había dado cuenta que Maret había aflojado su agarre y, cuando la miró, la encontró tumbada, con los ojos cerrados y más pálida de lo que solía estar. Poco a poco, alrededor de sus ojos comenzaron a surgir unas grietas, al igual que sus manos, donde la que Anabel tenía sujetada, se rompió como si fuera una estatua de porcelana. El silencio se hizo en la sala, nadie daba crédito de lo que estaban viendo, pero nadie se atrevía a abrir la boca. En ese momento, Anabel lo vio claro, pese a no entender nada, si que entendía y recordaría, grabado a fuego en su mente, las palabras de Maret.

Anabel cogió al bebé de los brazos de la enfermera, la cual dio un respingo por el miedo contenido.

—No habéis visto nada —dijo con tono seco ante la cara de asombro de los sanitarios, uno de ellos intentó replicar, pero Anabel lo paró con un dedo al aire —. Este parto no se ha dado y ella nunca ha estado aquí, si descubro que alguno se va de la lengua, me encargaré yo misma de que no podáis trabajar nunca más en vuestra vida, ¿he sido clara?

Sin esperar respuesta, Anabel salió del centro en dirección a su casa, tenía muchas cosas que hacer, entre ellas, comprar las cosas para aquel bebé… ¿qué necesita un bebé? Se desvió del camino para comprar pañales, fórmulas… así como encargar la cuna y un par de cosas que a su parecer eran innecesarias pero que la de la tienda la engatusó para que comprase. Anabel estaba muy convencida de sus facultades, pensaba que si había llegado hasta donde lo había hecho, criar un bebé no sería tan complicado… pero se equivocó.

Aquella noche, la niña lloró como jamás pensaba que lo haría un bebé, era un sonido estridente que se te clavaba en los oídos hasta tal punto, que Anabel empezaba a pensar que los perros de toda la calle estaban ladrando por ese sonido. Estaba muy agobiada y cansada, no sabía que hacer, le había dado de comer, cambiado el pañal, incluso había echado los gases… ¡¿qué era lo que quería ese bebé?! Sonó el timbre de la puerta, «genial» pensó Anabel, «lo que me faltaba, los vecinos».

Anabel dejó a la niña en la cuna y abrió la puerta, se trataba de Nicole, una mujer mayor que vivía sola en la casa de al lado. No solían hablar ya que cuando se cruzaban, la anciana siempre la miraba con gesto raro, Anabel no le daba mucha importancia, suponía que para ella sería raro ver a una mujer viviendo sola y teniendo un trabajo que no fuera cuidar de la casa… y ahora estaba allí para montarle el número.

—Disculpe las molestias señora Byrne, intentaré que se calle cuanto antes…

—No creo que tu método sea muy efectivo —replicó la mujer.

Antes de que Anabel pudiera decir nada, la mujer la apartó con la mano y entró, Anabel se quedó estupefacta, ¿qué confianzas eran esas? Cerró la puerta y empezó a andar en dirección al salón para encontrarse que la mujer le estaba quitando la ropa al bebé.

—¿Qué está haciendo? —preguntó Anabel airada.

—Mira sus bracitos y piernecitas, la niña está escocida con la ropa, le está haciendo marcas —Anabel observó unas marcas rojizas en las articulaciones, no se había dado cuenta antes… la mujer cogió un bote de crema que había junto a la cuna —pobre niña… si lo que te pasaba es que te estabas haciendo pupa… me da que vas a ser una niña muy tiquismiquis con la ropa ¿verdad?

Era increíble, el bebé había dejado de llorar y no solo eso, ¿se estaba riendo? Anabel se dejó caer en la butaca, cubriéndose la cara con una de sus manos, no sabía si era por el cansancio o por el choque de realidad, pero notaba como las lágrimas brotaban de sus ojos sin capacidad de poder pararlas… había sido una estúpida, ¿cómo iba a ser sencillo cuidar un bebé? Pensaba que, si su madre había podido criar a cuatro, ella podría con una, que necia había sido.

—No te machaques tanto —le dijo Nicole tendiéndole al bebé —, la maternidad no es fácil y menos cuando tienes que trabajar… créeme, yo he criado a tres fuera de casa.

—No sabía que usted estuvo trabajando —comentó Anabel con la niña en brazos, ahora más tranquila y agarrándole el pelo al tiempo que se lo llevaba a la boca, pero era tan mona que Anabel la dejo seguir —¿A qué se dedicaba?

—Trabajé en el servicio secreto británico —dijo la anciana acercándose hacia ella—. Era bastante gracioso ver a una pandilla de hombres dándome órdenes mientras ellos tenían que seguir los de una mujer, su majestad —Nicole sonrió con un poco de malicia en el gesto —. ¿Qué le ha pasado a la madre?

—Ha… fallecido —dijo Anabel recordando la escena que vivió en la habitación —, me pidió que la cuidara, supongo que ahora soy su tutora legal, aunque no creo que sea capaz de hacerlo.

—Ninguna lo somos, esto es como las ciencias, es un proceso de ensayo y error, así que ármate de paciencia, los hijos son muy difíciles de controlar, pero no conocerás mayor amor que ellos. En ocasiones discutiréis y en otras querrás tirarlos por la ventana, pero sabes que siempre serán tus pequeños, aun cuando vuelen del nido. ¿Cómo la vas a llamar?

Anabel parpadeó, no lo había pensado y era una gran metedura de pata, la niña tenía que tener un nombre, no podía llamarla «niña» siempre. Miró al bebé, dormida en sus brazos con un gesto de paz que no había visto en todo el día, tenía las mejillas rojizas y una pequeña nariz de punta curva que hacía parecerla una muñeca… de porcelana. Anabel era muy amante de la cultura celta y solía leer sobre ella a menudo, lo que incluía los nombres y orígenes…

—«Lynette» —respondió sin quitarle ojo al bebé —, significa «ninfa».

—Hmm —murmuró Nicole, pensativa mirando al techo, hasta que una idea se dibujó en sus ojos con una sonrisa en los labios. — Lynette O’Gradys… no suena nada mal.

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