Eco XXV: La doncella y el brujo
Érase que se era una pequeña
aldea donde, en una pequeña casa no muy alejada de ella, vivía una doncella. No
era la joven más guapa, ni tampoco la más valiente, pero la doncella tenía una
luz especial que podía ayudar a los demás. Esta luz pasaba desapercibida a
primera vista, pero aquellos que habían sido impregnados por ella, no olvidaban
su brillo.
Un día, la historia de la
doncella llegó a oídos de un brujo que vivía al otro lado del Bosque Sombrío.
El brujo, intrigado, se acercó a la aldea disfrazado para así evitar que nadie
lo descubriera. Cuando el brujo encontró a la doncella, se quedó maravillado
por la luz que la chica, inconsciente de su existencia, era capaz de emitir.
El brujo, usando su disfraz,
fue capaz de engañar a la doncella y convencerla de que la acompañara ya que
aquella joven creía en la buena fe de las personas, sin importar su apariencia
ni origen. Pasaron meses donde la joven estuvo confinada en lo más profundo de
la cueva, sin contactos con el exterior ni amigos con los que hablar, pero,
debido al embrujo, la doncella no era capaz de ver como iba consumiéndose su
luz poco a poco hasta que; un día, el hechizo se rompió.
La doncella, aterrada por lo
que había encontrado y malherida como se encontraba, usó todas sus fuerzas
restantes en huir de la madriguera. Corrió todo lo que sus piernas le dieron
hasta que llegó a una pequeña villa donde buscó refugio. El brujo, una vez
descubrió que la chica había conseguido escaparse, entró en cólera y arremetió
con todas sus fuerzas contra aquella modesta villa
—¡No encontrarás paz en la
tierra mientras yo tenga fuerza! —maldijo el brujo al tiempo que lanzaba un
maleficio hacia los habitantes del poblado.
La doncella, aterrada, veía
como todo era consumido por las fuerzas del brujo, como los campos se
marchitaban y como la gente moría. La joven estaba desolada, ¿qué podía hacer?
Solo era una doncella sin ningún poder ¿cómo podía ayudar a esas personas si ni
siquiera podía ayudarse a ella misma? Desolada, la doncella se dispuso a
entregarse al brujo, para que este acabase de consumir su vida y así, proteger
a aquellas personas de su ira. De repente, la doncella escuchó un ruido.
—¿Quién va? —preguntó —¿acaso
eres un siervo de esa criatura?
—No servimos a ninguna
criatura —contestó una voz fuerte e imponente.
—¿Y por qué no os mostráis?
—replicó la doncella.
Desde lo alto de la casucha,
bajaron dos grullas blancas; la primera de ellas era más grande que la joven,
con unas alas que podrían cubrir aquella instancia y, aun así, sus alas
sobrepasarían el terreno. Por otro lado, la segunda grulla no era tan grande,
pero sus plumas acababan en un celeste plateado que parecían ser un río de
plata, brillantes y hermosas, era la criatura más bella que la doncella había
visto nunca.
—¿De qué teméis doncella? —preguntó
la grulla grande— ¿qué os tiene aquí encerrada que no sois capaz de salir al
exterior?
—Del brujo que vive al otro
lado del Bosque Sombrío —contestó con un hilo de voz. —Ha mandado a sus huestes
a por mi y no parará hasta acabar conmigo.
Las grullas se miraron y a
la doncella le pareció que sus semblantes sonreían.
—¿De qué huestes habláis
doncella? No hay nada en el exterior, mirad por la ventana y lo descubriréis
vos misma.
La doncella tuvo intención
de replicar, pero la grulla hermosa con un ligero movimiento de sus alas, abrió
las ventanas, dejando la luz entrar. Cuando la doncella miró por la ventana no
fue capaz de contener su sorpresa; los campos que había visto abnegados, lucían
sembrados y la destrucción que la atormentaba, ya no se encontraba en el
exterior.
Si, el brujo era una
criatura poderosa, pero en ese instante, la doncella comprendió el engaño. El
brujo era un ilusionista y todo su poder se alimentaba del miedo y la
desolación que la joven sentía. La doncella, desconcertada, se giró hacia las
grullas.
—Sois vos la que determináis
el poder que tiene el brujo, doncella. A más os afecten sus acciones, más
fuerte se hará.
La doncella salió al
exterior y pudo comprobar como todos los engaños y trucos iban desapareciendo a
su paso y, al mismo tiempo, fue haciéndose consciente de su luz, la cual estuvo
a punto de desaparecer para siempre y; conforme la doncella ganaba confianza en
sus pasos, iba brillando aún más, provocando que el resto de habitantes se
girasen hacia ella y la siguieran.
Al mismo tiempo que la luz
de la doncella ganaba fuerza, el poder del brujo iban empequeñeciéndose, así
como él mismo, hasta que no fue más grande que un candelabro.
Cuando la
doncella y el brujo se volvieron a encontrar, este se escondió detrás de una
piedra, atemorizado por las represalias que la chica pudiera tomar.
No obstante, la doncella no
hizo nada ya que la joven se dio cuenta de que no tenía sentimientos hacia el
brujo, ya no. No lo odiaba por haberla engañado y encerrado, no le tenía miedo
por haberla perseguido, ni sentía pena al verlo tan miserable tras aquella
piedra. La doncella siguió su camino, consciente de que la luz que la envolvía,
era su mayor protección y tesoro. Pues todos tenemos nuestra luz que brilla a
diferente intensidad y, aunque algunos solo sepan brillar apagando las luces de
los demás, nosotros determinamos si nos dejamos apagar… o no.
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