Eco XX: Al otro lado del lago...
Kelly
estaba cansada de repetirle a su pequeña que no se acercase al lago, trabajaba
todo el día y al llegar a casa, la niña siempre la esperaba junto al agua. El
horror se apoderaba de Kelly que cada noche, aterrorizada, se lanzaba sobre su
hija para alejarla lo antes posible.
Apenas
podía conciliar el sueño y ¿cómo hacerlo? Por más vueltas que le diera, no
encontraba solución alguna. Huir no serviría para nada y era lo que más la inquietante
de la situación, ¿cómo era posible que aquel pantano siempre la siguiera? Incluso
en las grandes ciudades, acababa abandonando los bloques de pisos en los que
vivía por inundaciones inexplicables.
Kelly
sabía que debía encontrar una solución, esa no era forma de vivir para su hija
y, al mismo tiempo, era ella la causa de todo. Lo sabía a la perfección, aquel
pantano no la seguía a ella, sino a su niña ya que todas las noches, cuando la
arrancaba de su orilla, su hija le repetía la misma frase «Mami, hay algo en el
lago».
El
simple hecho de recordarlo hacía que se le erizaran el vello, no encontraba
salida viable y la única que se le planteaba… no, no podría hacer algo así,
sería inhumano e inconcebible, pero… ¿y si fuera su única salida?
Otro
día más, como todos los anteriores, Kelly llegó a su casa, esta vez una
caravana que había comprado con sus últimos ahorros, y encontró a su hija en la
orilla del lago. Era el momento perfecto.
Kelly
se subió a la caravana y colocó la llave en el contacto, no debía dudar y mucho
menos mirar hacia atrás. La caravana arrancó y Kelly pisó el acelerador sin
miramiento alguno, contenía la emoción, no era situación alguna para ello. De repente,
un sonido sordo se escuchó desde el motor y el humo intenso comenzó a salir
hacia el exterior.
Kelly
maldijo todo lo posible antes de salir de la caravana, «rápido, rápido…» se
repetía mentalmente al tiempo que bajaba del vehículo y abría el capó.
—Mami…
Kelly
se paralizó ante esas palabras, la respiración era entrecortada conforme se giraba
con lentitud para encontrar esa figura humanoide que, con una mano colocada
sobre el hombro de su niña, se encontraba frente a ella. Era una figura viscosa,
con algas cubriendo todo su cuerpo y nos ojos hundidos en la cara, como dos
punzones naranjas que absorbían tu existencia. Por otro lado, su hija cuya la
mirada presentaba el gesto perdido, permanecía al lado de aquel engendro sin inmutarse ni rechazo alguno, no había expresión en aquella cara corrompida
por el pantano.
—Mami…
—repitió de nuevo la niña con una voz más gutural— ¿por qué huyes mami? ¿no
quieres estar con papí?
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