Eco IV: La bruja del pantano
Los mosquitos revoloteaban alrededor de los asqueados soltados que, por más que intentasen espantarlas, volvían una y otra vez. Los soldados estaban desanimados, llevaban muchos meses aislados en aquellas tierras indígenas y la promesa de retorno a su tierra natal cada vez parecía más lejana. Por ello el capitán Bravo de Castilla no dudó en escribir una impetuosa carta al arzobispo del imperio con la vaga esperanza de que este pudiera interceder por ellos ante la corona. El requerimiento del arzobispo fue simple: terminar con aquella alma impía que amenazaba con acabar la buena obra de los misioneros en tierras paganas. Para el capitán no era más que un sinsentido, la mayoría de los indígenas habían sido obligados a abrazar la fe cristiana y en cuanto a los esclavos… bueno, se les había enseñado a callar en post de la salvación eterna. No obstante, algo perturbaba al capitán, ¿por qué tanto interés en aquella mujer? «La bruja del pantano», como se la conocía entre los castell...